domingo, 17 de agosto de 2008

La fiesta imposible

Voy a abrir una ventana húmeda,
una inmensa abertura por donde pienso pasar sólo un instante,
porque quiero irme en lontananza,
esgrimiendo un recuerdo, quitándole los colores al presente.
Cruzo el túnel y siendo un niño gris me siento con las rodillas sucias
sobre el moho y la gramilla.
Una pared donde apoyo mi espalda, caracoles y mis nueve años.
Las ideas livianas me llenan de júbilo.
Mi cuerpo en pugna es un amuleto con leves contusiones.
No quiero regresar, es casi la hora de la siesta… es verano y sé que soy feliz.
En un crisol de otrora mis únicos tesoros reales se mantienen inmutables.
Alcanzo a ver desde mi infancia el valle y los arroyos donde solía pescar
y las ansias se vuelven urgencias y la mueca de mi risa regodeo
y el gris ya no es hastío y lo que parece sueño es una inerte aventura.
Asciendo sobre livianas piernas muy delgadas
y todo es gigante,
los firmes álamos, un viejo ceibo y hasta el sol de las tres es imposible.
Cuánta conciencia latía por entonces, donde el tiempo se medía en juegos e inocencia…
Sé que avanzo, percibo un rumor de voces familiares y me detengo.
Hay fiesta en la casa, están todos y el eco le trae colores al presente
y ese viejo sentir de posibles reencuentros
al borde de la infamia de las cosas muertas.
Pero no quiero desaparecer en ese instante y prosigo alejando las voces
y alcanzo una rama, un escuálido paraíso… Y obtengo su copa frágil,
el horizonte, las llanuras, y más allá el bosque y el mar.
Fue allí donde se abrió esa gran ventana, allí crucé la margen
hacia un tiempo de azules y verdes distintos, un abismo de rojos
que no quiero ver, que se llenó de tiempo, que se hizo hombre
y quiere el regreso.
Dónde fue, en qué momento cerré el túnel.
En la casa hay fiesta y están todos y aún esperan.

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