lunes, 11 de abril de 2011

Sólo instante

Un pétalo desatinado,
rugió a su rosa,
estremecido y virulento.
                                                                                                                          Se desprendió en peso leve
sobre los pastos quejumbrosos.
Acarició en su instante, apacible y dulce aire;
fue la calma seducción de ser cosa libre.
La rosa sigue siendo rosa, muy roja, rutilante.
Aquel rebelde pétalo, marchito,
musita y añora haber sido el capullo,
y piensa en el tiempo que fue también su perfume.

Imagen II - Mi viejo padre que labra

Bordando sus dedos le sorprendo,
haciendo de pulgares remolinos.
Cabizbajo, deletrea gago, retumbos.
Sentado en un cajón, todo cubierto de fango.

Una palabra rubia, tal como él, raído y caco,
el paisaje que por fuera, abstraído le rezonga,
comienza a robarle, hilo a hilo,
un batallar de nudos, garganta abajo.

Hacia su cabeza se agolpa, multitudes resignadas,
agita más, pues no hay dolor que no pese liviano.
La tierra come sus uñas, le cuartea el sol, su lerdo paso.

Un hombre rancio, un rostro abonado.
Cose sus manos llenitas de honduras,
la tregua vencida de miembros cansados.

Así lo detengo, le veo estanco.
Dedos de hierro rasgando barro.
Su arado ajeno,
y toda la tierra gimiendo abajo.

Imagen I



Recordé los malvones,
el tanque de agua verde…
Mi dedo haciendo círculos
entre los musgos.
Mi rostro afable, vulnerado.
Recordé la estrecha vía
donde detuve mis pies en el barro,
aquella memoria surgió, surge,
más vívida que cualquier presente.
¿Qué ardid del tiempo tenían aquellas flores?
Si hoy a cosa ordinaria en todo se huele.