viernes, 16 de abril de 2010

Confesiones a los 32

Estas palabras hambrientas se devoran corruptibles,
ando errante pidiendo un sistema como anillo al dedo
y todo se tuerce y resquebraja. Soy un insolente sin escuela,
que no puede ansiar más que su propias vanidades.
Soy un pobre cínico.
Harto de tatuajes moralistas,
tolerante de un séquito de absurdas ceremonias
sobre cómo llevar la vida recta y prolífera.
Marcado por unas cuantas severas declaraciones
relativo a defender la sagrada institución de la familia.
Carne de cañón, eres
y jamás solté amarras que no fueran mías.
Cada vez más sujeto
a la voluntad que no es bonanza y es ajena.
Cínico y descabellado,
porque jamás podré decir y obrar con rebeldía.
¡Pobre aquel que se asuma, poeta y libre…!
Los cínicos claudicamos.

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